lunes, 5 de noviembre de 2012

La educación desde la comunicación (Jesús Martín Barbero)


En gramática tradicional, la palabra es cada uno de los segmentos limitados y delimitadores en la cadena hablada o escrita, que puede aparecer en otras posiciones, y que está dotado de una función.
Pero, ¿Qué es realmente la palabra?

La palabra es un mediador entre dos sujetos y la comunicación, entre dos sujetos y la enseñanza-aprendizaje: es el derecho a tenerla, ejercerla, pedirla, tomarla, buscarla, callarla.
Hay millones de palabra. Que por sí solas no tienen un gran significado, sin embargo el tenerla implica poseer entre sus manos, o mejor dicho, entre sus labios, una verdadera herramienta de poder. Poseer la palabra es poseer el mundo. El hecho de poseer la palabra no alcanza, es necesario saber usarla.
Un niño utiliza el llanto ante una expresión de necesidad, de deseo. A medida que crece va aumentando su léxico, y a la vez, va encontrando sus variantes, sus causas y consecuencias. Sin embargo la utiliza siempre que lo desea. Va aprendiendo el deber de respetar al otro, escuchándolo, respondiéndole cuando lo considera necesario o es solicitado por algún otro. Más tarde, en la edad de la llamada adolescencia, la palabra comienza a ser aún más limitada: no siempre se dice lo que se piensa, en el momento ni en el lugar “ideal”. Se comienza a tomar conciencia que no siempre es necesario hablar. Que la palabra puede ayudarte a lograr algo que deseas, pero también puede herirte hasta destrozarte. Puede ser determinante en cierto espacio y/o tiempo, como puede ser inoportuna en el mismo. Es así como de a poco comenzamos a conocer y valorar, no solo la importancia de la palabra, sino también la importancia y la necesidad del silencio.

El silencio en muchos casos llega a superar la importancia y el valor que tienen las palabras. Se trata de una necesidad de hacer silencio, de un “no saber qué decir” o de preferir “no decir nada”. Se trata de silencios oportunos e inoportunos en muchos casos, de silencios existentes e inexistentes, pero silencios al fin.
           
            Pero, ¿Qué sucede cuando ocurre el silencio?

Cuando este magnifico hecho llamado silencio, se hace presente: ¿no se dice nada? Si, se dice, y mucho.

Escuchamos hablar a menudo, de que el cuerpo habla, y no solo nos referimos al lenguaje de señas o a una incapacidad auditiva. Hacemos referencia a lo que el cuerpo realmente dice, expresa, responde. De pies a cabeza, nuestros cuerpos hablan.

Cuando ocurren esos silencios tan preciados para algunos y tan incómodos para otros, es preciso poder leer las palabras que nuestro cuerpo escribe, escuchar los sonidos que los cuerpos gritan y gritan esperando ser escuchados, comprendidos e interpretados. Pensémoslo desde la imagen de un niño ante la llegada de un ser querido, o ante la vista de algo muy deseado: un “aleteo” acompañado de una gran sonrisa y del continuo movimiento de sus piernas.

Sus brazos en ese momento demuestran su ansiedad incontenible, su poca capacidad de espera  o su gran expresión de deseo.

Imaginemos ahora otra situación: una chica, un chico, un joven, ante un examen. Se sienta. Se mantiene firme… sin embargo sus piernas no paran de moverse. Se cruzan, se descruzan, se vuelven a cruzar. Se mueven constantemente. Sus piernas son la señal de la situación extrema en la que se encuentra. En este momento cree estar entre la espada y la pared. Los nervios son imposibles de contener. Algo similar sucede cuando estamos ante un hecho más extremo, una situación  que nos atemoriza hasta paralizarnos.
Nuestras piernas se ponen firmes buscando un piso que nos contiene en su seguridad.
Los brazos completamente tensos y nuestras manos apretadas, como evitando que los dedos de despeguen. Los ojos cerrados buscando escapar de toda imagen, luz y sombra. Los dientes apretados y una tensión en el cuerpo que lo convierten en una piedra por momentos.

Podríamos dar ejemplos de infinidad de situaciones en la que nuestro cuerpo habla sin necesidad de emitir palabras. Sin embargo, bastaría con describir qué sucede ante un analfabeto, por ejemplo ante aquel que tiene prohibida su palabra.
           
            Por medio de la palabra generadora, Paulo Freire produce un importante cambio en la teoría de la comunicación en América Latina. Para el, la persona analfabeta es la que esta privada de su libertad. Por medio de la educación, el sujeto puede apropiarse del mundo que lo rodea y lograr su liberación.
La necesidad de comunicarse es tal que se demuestra en hechos. Buscan insistentemente el modo de expresarse, de comunicar algo, de pedir. Y, ¿qué sucede cuando nosotros nos encontramos frente a un analfabeto? No es imposible, pero tampoco estamos rodeados de personas con gran edad y analfabeta, pero si nos detenemos a reflexionar… ¿sabría uno cómo actuar en esta situación? ¿Cómo haría un docente, por ejemplo para comunicarle a los padres analfabetos de un niño inserto en el mundo escolar, el aviso de un examen, o la autorización a una salida? Quizás no nos detenemos a pensar estas cuestiones, que aunque no las vivamos constantemente, son cuestiones que alteran la práctica educativa.  El lenguaje es un acto de expresión.   

Ésta es lo que forma al sujeto.

El cuerpo es el medio por el cual el gesto se hace presente frente al otro. Es el punto inicial en donde se inicia la palabra, conformando así la presencia personal de cada sujeto en el mundo, de vivir en comunidad, en cultura y en solidaridad.

Es necesario establecer un dialogo con el pueblo para que la educación sea efectiva.

            Una vez más se nos presenta una frase con la que se dio inicio al tema… “poseer la palabra es poseer el mundo”. Difícilmente reflexionamos acerca del valor que tiene en cada uno de nosotros, tener la gratitud de comunicarnos, aprender, enseñar, expresarnos. Decir algo, bueno o malo, pero poder decirlo.    

Para finalizar el breve repaso que realizamos respecto al uso de la palabra, ya sea simbólica o verbal, sentimos la necesidad de pedirles que reflexionemos acerca de la siguiente cuestión: las prácticas educativas están plagadas de preguntas y respuestas que parecen sacadas de una enciclopedia. El largo trayecto que conlleva la preparación para enseñar, prepara educadores capaces de enseñar a leer y a escribir, a contar, dialogar, escuchar al otro y reflexionar… pero ¿Qué importancia se da en este espacio al valor de la palabra, de los signos, del lenguaje del cuerpo, de la mirada y de los gestos? ¿Cómo se evalúa la capacidad de “escuchar” al otro con la mirada? ¿Qué espacio y tiempo se le ofrece a los niños, jóvenes y adultos para hablar sin hablar?




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